Ajustándonos dentro de medicina: golpes de realidad.

Como mencioné en el capítulo anterior, al ingresar a la facultad comencé a descubrir muchos aspectos de mi personalidad que desconocía en ese momento. Puede que para otras personas esos rasgos fueran evidentes, pero reconocerlos por uno mismo es lo verdaderamente complicado.

En cuanto a habilidades, nunca me consideré una persona atlética ni con grandes capacidades físicas. Tampoco creí tener aptitudes artísticas sobresalientes y, emocionalmente, siempre fui alguien difícil. Lo único que veía como mi herramienta para enfrentar la vida era el intelecto.

Pensar que mi principal fortaleza era la inteligencia me llevó a desarrollar cierta soberbia, la cual pronto se vería enfrentada dentro de la facultad.

De mis primeras experiencias en clase, recuerdo una situación incómoda. No sé si fue mi soberbia o simplemente mi capacidad de asombro, pero terminé en una especie de confrontación con la maestra de la materia, lo que incluso puso en aprietos a la mayoría de mi grupo. Ella explicaba con pasión los resultados de un artículo que debíamos interpretar. Yo, sin embargo, consideraba que todo era “muy sencillo”, y eso seguramente no fue bien recibido. Al final de esa clase, estoy casi seguro de que muchos de mis compañeros pensaron que la había “cagado”, por decirlo suavemente.

En nuestra facultad, el programa se divide en dos etapas: una básica y una disciplinaria. La primera abarca materias teóricas que sientan las bases para la segunda, la cual se centra en la materia clínica de cada área de la medicina.

Al principio, creí que podía avanzar solo, sin ayuda de nadie, sin buscar consejos de compañeros que ya habían cursado las materias ni orientarme en las guías de cada profesor. Quería devorar los libros y asimilarlo todo en tiempo récord. Sin embargo, nunca pude establecer una disciplina de estudio, lo que me atrasó y generó conflictos académicos, llegando incluso a presentar exámenes extraordinarios en el proceso.

Fue así como entendí que no podía salir adelante sin apoyo y que debía dejar de lado esa actitud de grandeza para abrazar la humildad. Reconocí que lo que venía era más grande que yo mismo y que debía prepararme lo mejor posible para ayudar a los demás de manera eficiente.

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