Los primeros días en la facultad.

De pronto, me encontraba transitando los pasillos de lo que, sin duda, se convertiría en mi segundo hogar, o quizá el primero, ¡je! La realidad es que terminaría pasando más tiempo ahí que en mi propia casa. Así es: estaba oficialmente en la facultad de Medicina.

Lo siguiente que hice fue revisar cuidadosamente mi horario, ubicar mis salones y asegurarme de estar en el aula correcta a la hora indicada. La emoción en ese momento era tan grande que me costaba creer que, al fin, estaba cursando la carrera que definiría el rumbo de mi vida.

Debo admitir que, al ingresar a la universidad, ya traía conmigo algunas experiencias previas del bachillerato. Siempre me consideré un estudiante dedicado en clase, aunque en casa me costaba más concentrarme. Realizaba mis tareas y aprobaba exámenes de buena manera; podríamos decir que, hasta sobresaliente, pero nunca fui de estudiar demasiado. Para realmente profundizar en lo que aprendía, debía despertar mi curiosidad. Siendo sinceros, tampoco necesité mucho estímulo de mis amigos para vivir una etapa algo vándala durante los últimos semestres del bachillerato.

Sin embargo, una vez dentro de la carrera, llegué con todas las ganas de aprender cuanto pudiera. Veía esta etapa como algo muy serio y estaba dispuesto a esforzarme al máximo para destacar, primero como estudiante y, finalmente, como futuro médico.

Pero la universidad, y en especial Medicina, no son lo mismo que el bachillerato. Es fácil toparse con pared y darte cuenta de que aquello que considerabas tu fortaleza resulta ser bastante común entre todos los compañeros. Ni hablar de los maestros: no solo es su conocimiento, sino también sus personalidades, lo que influye en la formación de cada uno.

La opinión popular señala que en la facultad hay una lucha de egos, y no les voy a mentir, creo que no se equivocan. El problema es que mi propio ego también estaba siendo puesto a prueba en ese ring y, al principio, siento que no iba ganando, sino que, al contrario, me estaba complicando el camino.

A lo largo de la carrera, descubrí muchos aspectos y sentimientos desconocidos en mí, y el inconveniente es que no todos fueron positivos. Aun así, he seguido creciendo, procurando mantenerme siempre en el mejor camino posible.

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